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domingo, 18 de agosto de 2019

Hijo de la poesía























Hijo de la poesía
(dedicado a Mario Lorca A.)
Autora: María Alejandra Vidal Bracho
Publicado en Revista Co.incidir mes de Junio año 2019


En un punto enigmático  del tiempo,  el corazón de la poesía sintió el profundo  deseo de tener un hijo a quien legarle su esencia; para ello, incansablemente, buscó por todo el planeta un lugar especial y también una madre especial, para encarnar el fruto de sus más tiernos anhelos. Eligió, sin dudar,  un pueblo  lejano y acurrucado por ríos suaves, alejado de vientos y vestido de trabajo rural.  Un día de un agosto fue la fecha fijada para el arribo de este viajero que, a pesar de haber llegado provisto de un  vigoroso cuerpo y una voz adecuada a su destino, decidió esperar un lapso de tiempo un poco más extendido que el habitual, comparado con los demás niños, para empezar a hablar.  Porque él se dedicó primero a contemplar y entender desde su poético sentir este mundo material y  tridimensional tan lleno de seres y cosas que lo invitaban a observar.  Así su padre, que ya estaba algo preocupado por la aparente falta de interés en comunicarse que el pequeño demostraba, se llevó una feliz sorpresa cuando un día al regreso de su acostumbrado  trabajo en el campo, el niño le indicó, desde su corralito,  el pelaje de un blanco corderito imitando entusiasmado su berrear. 
Cuando comenzó a caminar sus inquietos pasos aprendieron a disfrutar del suave tacto del pasto en sus pies al pisar; un poco más crecido, sus oídos se dedicaron a grabar el murmullo de las embarcaciones mecidas por las aguas generosas del lugar. Este susurro acuático era verdadera música para él,   envolvía sus sentidos y lo hacía soñar;  y si hablamos de sonidos que le cautivaban,  el de las palabras  era su favorito, principalmente si éstas estaban entremezcladas formando poesías o cuentos diversos;  tanto era su deleite, en este sentido, que muy pronto aprendió a leer y a estudiar y también a decir, con llamativa gracia, los clásicos poemas que se aprenden en la infancia, sólo por jugar.   Sus días eran felices, sobre todo si se sentía acariciado por los tibios rayos del sol y si éste se escondía, él suspiraba nostálgico por la falta de calor.
Cada mañana  su madre, primorosa,  lo despertaba soplando suavemente su infantil faz y luego, muy contenta, comprobaba  los progresos de su hijo  en la lectura y en el aprendizaje de versos, que ella depositaba, en su cándida alma, con suma dedicación y con la paciencia que sólo es otorgada por el  poderoso amor maternal.  
Este niño creció talentoso y amado; custodiado además, de forma esmerada,  por los árboles que habitaban el lugar, por  las aves visitantes, por los animales avecindados, por las flores que adornaban como verdades joyas su camino al andar, por los ríos acariciantes, por las lluvias generosas que humectaban los cultivos de su hogar y, principalmente, por las artes escritas que se impregnaban como la miel, apasionadamente,  cada día en su sensible y juvenil espíritu el cual, anhelante de aventura y libertad, soñaba con poder, a través de la interpretación, dar vida a los personajes que llamaban su atención. Lo mejor de esta historia es que este héroe lo logró; porque su destino trazado, fue cumplido por las artes y en los escenarios se lució; pero debo destacar aquí, que existe un detalle, no menor,  y es que su amor por las palabras lo ha llevado por senderos en que no existen los tiempos, es decir no se miden, ni en calendario, ni en reloj, por eso aún va trovando incansable por el mundo lleno de energía y de valor.

Fin

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